Las citas judías

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Llamar franquista-falangista a la manifestación de ayer en Barcelona es un grave error

2017.10.09 19:05 Espartaco17 Llamar franquista-falangista a la manifestación de ayer en Barcelona es un grave error

vamos al grano, la inmensa mayoría de la gente que se concentró ayer en Barcelona procedía del cinturón rojo de las grandes ciudades, los trenes de cercanías estaban colapsados por la afluencia de viajeros así como el metro de Badalona, Cornellá y Santa Coloma. En absoluto la exhibición de banderas españolas indica adoctrinamiento franquista alguno, es simplemente el único símbolo que tenían a mano para expresar que quieren conservar el demos común por encima de determinaciones identitarias, que no tienen por qué ser conflictivas.El PP trató de apropiarse de la manifestación como Ciudadanos,pero es que eso es posible porque los partidos de izquierdas han dejado tirados en la cuneta a todos esos electores a los que tenían que organizar y representar y apoyar en sus derechos e intereses legítimos, como catalanes no nacionalistas que llevan treinta años aguantando los insultos, el desprecio y la invisibilización continua por "ser de Fuera" y no poder ser admitidos en la noble gens catalana, ya que no quieren renunciar a su otra identidad, anudada por vínculos familiares, personales, laborales,etc.
El discurso de Borrell, (el mejor candidato que jamás tuvo el PSOE,un defensor acérrimo de los programas keynesianos de protección y cohesión social, los mismos que defendemos, porque, de momento, no podemos ser más ambiciosos;un candidato miserablemente traicionado por el aparato de su partido y que da mil vueltas a Pedro Sánchez), definió una ciudadanía española inclusiva, no esencialista identitaria, como se ha falsificado en la cadena SER.Aquí no se ha opuesto un españolismo étnico reaccionario y xenófobo a un catalanismo étnico, supremacista y xenófobo, sino un etnicismo particularista y excluyente a una ciudadanía que preserva un demos común consistente en una lista de derechos(que hay que reforzar y perfeccionar y ampliar de continuo mediante el activismo ciudadano) que permiten a cada cual sentirse como quiera y abrazar cualquier identidad cultural y sentimental, con tal de cumplir los deberes comunes de ciudadanía legal, por ejemplo, las obligaciones tributarias según normas de aplicación universal sin privilegios en todo el país.
Es decir que la ciudadanía española no identitaria, no obliga a nadie ni a sentirse español ni sentirse nada particular y excluyente de otras particularidades, el Estado no se mete en tus sentimientos, y te deja ser lo que quieras mientras no dañes la libertad de otros, dentro delos límites de la Ley que compatibiliza toda esas libertades.A cambio de eso sólo te exige que cumplas con las obligaciones de las leyes comunes.Claro que ninguna ley es definitiva, podemos cambiarlas tanto legalmente como recurriendo en ocasiones a la desobediencia, es decir transgredir leyes injustas y asumir las consecuencias penales para provocar un shock simbólico en la conciencia pública, que sirva para cambiar esas leyes más tarde recurriendo ya a los procedimientos normales.Por ejemplo, la desobediencia la ley hipotecaria, aunque se ilegal, me parece legítima, pero la secesión catalana unilateral además de ilegal es ilegítima, porque dos millones de votos no pueden torcer por la fuerza la voluntad de 7,5 millones de catalanes ni la de 46 millones de españoles, imponiendo un cambio radical de estatus en la comunidad politica española, amputando el territorio y convirtiendo en extranjeros sin derechos plenos de ciudadanía en Cataluña a la mitad de los residentes y al resto de españoles, consecuencias trascendentes que nos conciernen y afectan de por vida, y tenemos derecho por tanto, a intervenir en esa decisión. Esa ciudadanía española no identitaria es la únic amanera posible de convivir.Creo que hay una izquierda que confunde muchas cosas, como que la herencia franquista en algunos aparatos de Estado los corrompe a todos, y de manera suicida están dispuestos a destruir la Seguridad Social, las pensiones, la sanidad y la educación, como si también fueran inútiles y franquistas. Porque destruir la solidaridad fiscal por los privilegios demandados en Cataluña, es destruir la solvencia de recursos de las regiones pobres para tener un nivel similar e igualitario de prestaciones respecto a las regiones ricas.
Después se confunde una encarnación institucional particular defectuosa y mejorable por reformas, del Estado español de ciudadanía inclusiva, con el modelo abstracto en general como si esos defectos justificasen romper el Estado, inservible en cuanto tal, para facilitar una República Catalana de base etnico-identitaria, que privará de derechos a los "españoles"residentes y además asume el irredentismo de futuras anexiones de Valencia y Baleares, objetivos locos que sólo pueden cumplirse con la guerra.
Pero no acaban aquí los delirios, roto el Estado por Cataluña, tendremos el campo libre para recomponer todas las regiones sobre bases étnico-culturales en una Confederación ibérica , se dice que fraternal, pero sin aportar la menor prueba de eso, cuando las evidencias de la miseria generalizada de todos por la implosión de la transferencia de rentas, solo puede alimentar los agravios, envidias y resentimientos fratricidas.
Así que resumiendo, cambiamos al Estado español inclusivo, reformable y majorable, por una confederación de Estados étnicos famélicos en disputa, y al lado una República catalana imperialista y expansionista dispuesta a lanzarse sobre el botín, una vez destruido el Estado que podría oponerle resistencia, merced a los tontos útiles de una izquierda insensata que con tal de ser cabeza de ratón destruyen al león y lo despedazan.
Las deficiencias de nuestro Estado son parciales, no afectan a todos los aparatos, y temporales, tienen que ver con el austericidio, el poder alemán y el gobierno traidor del PP,que no durarán siempre, y depende de nuestra lucha política acelerar su decadencia.Esos defectos lo que justifican es redoblar la lucha del 15M uniendo los esfuerzos de todos contra el enemigo común, no tirarlo todo por la borda para ayudar a los objetivos particulares de una revuelta fiscal que imposibilitará todo proceso constituyente emancipador en España, lo opuesto a las milongas que nos cuentan.La sustitución de una ciudadanía inclusiva imperfecta por otra étnica excluyente sólo puede llevarnos al desastre, aquélla puede reformarse, pero esta no , cierra toda posibilidad de cambio al consagrar un elitismo autoritario incorregible , porque los dogmas absolutistas no admiten evolución alguna.
Los manifestantes de ayer son, en gran medida, votantes nuestros, ya sean potenciales o incluso actuales, miserablemente traicionados y abandonados, podíamos haberlo organizado a nosotros y excluir al PP como partido, aunque abriendo el evento a todas las víctimas de la crisis sin distinción.En vez de acoger y proteger a sectores enteros de clase, objetivamente interesados en acabar con el austericidio, hacemos de comparsas para las reclamaciones de los sectores más acomodados de nuestra sociedad, enmascarados ,grotescamente, de Frente de Liberación Nacional, como si fueran palestinos sometidos ala violencia continua de israel, hace falta un cinismo infinito para compararse con ellos.Recomiendo la lectura del último artículo de Salvador López Arnal en Rebelión, véanse las citas iniciales, y los gráficos que correlacionan la actitud ante el procesismo con los niveles socioeconómicos, seguro que alguno se llevará alguna sorpresa, yo no.
Y hablando de israel, el Estado Catalán copia estrictamente este modelo sionista, donde la ciudadanía la define la condición etnico-religiosa judía(aunque los judíos no son en absoluto una etnia, pero qué más les da a los ideólogos, lo importante es disponer de un mecanismo operativo de cierre, que permita distinguir la aristocracia del pueblo de señores del pueblo de los siervos y esclavos), por eso no es nada raro que la CUP invite a sus mítines a Pilar Rahola, conspicua sionista.En la manifestación de ayer, con tales cifras es imposible impedir la afluencia de ciertos indeseables, y seguro que hubo verdaderos cafres fachas, y se explotarán los insignificantes incidentes protagonizados por algunos,pero es una infamia extender ese calificativo a todos los asistentes.Para acabar, otra recomendación de lectura, las últimas entradas del blog Metiendo bulla, que también algunos llamarán franquista , por supuesto.Habrá que empezar a tomarse a broma tan ridículos insultos.Salud.
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2016.07.18 15:48 anticasta La guerra civil está llegando a Francia

"Estamos al borde de una guerra civil". Esa cita no vino de un fanático o un loco. No, vino del jefe de la Seguridad Nacional de Francia, la DGSI (Dirección General de la Seguridad interior), Patrick Calvar. De hecho, él ha hablado muchas veces del riesgo de una guerra civil. El 12 de julio, advirtió a una comisión parlamentaria, encargada de una introspección de los ataques terroristas del año 2015, y en torno a los mismos.
En mayo de 2016, ofreció casi el mismo mensaje a otra comisión de parlamentarios, esta vez a cargo de la Defensa Nacional. "Europa", dijo, "está en peligro. El extremismo está en aumento en todas partes, y ahora estamos volviendo nuestra atención a algunos movimientos de extrema derecha que se están preparando para una confrontación".
¿Qué tipo de confrontación? "Enfrentamientos intercomunitarios", dijo, educadamente, para "una guerra contra los musulmanes". "Uno o dos más ataques terroristas", añadió, "y podríamos tal vez ser testigos de una guerra civil".
En febrero de 2016, frente a una comisión del Senado a cargo de la Información de Inteligencia, dijo otra vez: "Estamos ahora mirando a la extrema derecha que está a la espera de más ataques terroristas para entablar una confrontación violenta".
No se sabe si el terrorista al volante del camión, que arremetió contra la multitud el Día de la Bastilla, el 14 julio en Niza y asesinó a más de 80 personas, será el detonante de una guerra civil francesa, pero podría ayudar a ver qué es lo que crea el riesgo en una Francia y otros países, como Alemania o Suecia.
La razón principal es el fracaso del Estado.
  1. Francia está en guerra, pero al enemigo nunca se lo nombra
Francia es el principal objetivo de repetidos ataques islamistas; las carnicerías terroristas islámicas más importantes tuvieron lugar en la revista Charlie Hebdo y el supermercado Hypercacher de Vincennes (2015); el Teatro Bataclan, sus restaurantes cercanos y el estadio Stade de France, (2015); el fallido atentado en el tren Thalys; la decapitación de Hervé Cornara (2015); el asesinato de dos policías en Magnanville en junio (2016), y ahora el atropellamiento con el camión en Niza, en el día de conmemoración de la Revolución Francesa de 1789.
La mayor parte de esos ataques fueron cometidos por musulmanes franceses: ciudadanos que regresaron de Siria (los hermanos Kouachi en Charlie Hebdo), o islamistas franceses (Larossi Abballa que mataron a una familia de la policía en Magnanville, en junio de 2016), que más tarde afirmaron su lealtad a Estado Islámico (ISIS). El asesino del camión en Niza era un tunecino, pero estaba casado con una francesa, con la que tuvo tres hijos, y vivía tranquilamente en esa ciudad hasta que decidió asesinar a más de 80 personas y herir a varias docenas más.
Después de cada uno de estos trágicos episodios, el presidente François Hollande se ha negado a nombrar al enemigo, se negó a nombrar al islamismo -y especialmente se negó a nombrar a los islamistas franceses- como el enemigo de los ciudadanos franceses.
Para Hollande, el enemigo es una abstracción: "terrorismo" o "fanáticos". Incluso cuando el presidente se atreve a nombrar al "islamismo" como el enemigo, se niega a decir que va a cerrar todas las mezquitas salafistas, prohibir las organizaciones de la Hermandad Musulmana y salafistas en Francia, o prohibir velos para las mujeres en la calle y en la universidad. No, en cambio, el presidente francés reafirma su determinación por las acciones militares en el extranjero: "Vamos a reforzar nuestras acciones en Siria e Irak", dijo el presidente después del ataque en Niza.
Para el presidente de Francia, el despliegue de soldados en su patria es solamente para acciones defensivas: una política de disuasión, no un rearme ofensivo de la República en contra de un enemigo interno.
Así, frente a este fracaso de nuestra elite -que fue elegida para guiar al país a través de los peligros nacionales e internacionales-¿cuán asombroso es si los grupos paramilitares se están organizando para tomar represalias?
Como Mathieu Bock-Côté, sociólogo en Francia y Canadá, dice en Le Figaro:
"Las élites occidentales, con una obstinación suicida, se resisten a nombrar al enemigo. Frente a los ataques en Bruselas o París, prefieren imaginar una lucha filosófica entre la democracia y el terrorismo, entre la sociedad abierta y el fanatismo, entre la civilización y la barbarie".
  1. La guerra civil ya ha comenzado y nadie quiere llamarla por su nombre
La guerra civil comenzó hace dieciséis años, con la Segunda Intifada. Cuando los palestinos ejecutaron ataques suicidas en Tel Aviv y Jerusalén; los musulmanes franceses comenzaron a aterrorizar a los judíos que viven en paz en Francia. Durante dieciséis años, los judíos - en Francia - fueron asesinados, atacados, torturados y apuñalados por ciudadanos musulmanes franceses, supuestamente para vengar a la población palestina en Cisjordania. Cuando un grupo de ciudadanos franceses que son musulmanes declara la guerra a otro grupo de ciudadanos franceses que son judíos, ¿cómo lo llama a eso? Para el establishment francés, no es una guerra civil, sólo un lamentable malentendido entre dos comunidades "étnicas".
Hasta ahora, nadie quería establecer una conexión entre estos ataques y el ataque asesino en Niza contra personas que no eran necesariamente judías - y llámela por su nombre: una guerra civil.
Para el muy políticamente correcto establishment francés, el peligro de una guerra civil comenzará solamente si alguien toma represalias contra los musulmanes franceses; si todo el mundo solamente se somete a sus demandas, todo está bien. Hasta ahora, nadie pensaba que los ataques terroristas contra los judíos por parte de los musulmanes franceses; contra los periodistas de Charlie Hebdo por los musulmanes franceses; contra un empresario que fue decapitado hace un año por un musulmán francés; contra el joven Ilan Halimi por parte de un grupo de musulmanes; contra los niños escolares de Toulouse por un musulmán francés; contra de los pasajeros del tren Thalys por un musulmán francés, contra las personas inocentes en Niza por un musulmán casi francés eran los síntomas de una guerra civil. Estas matanzas siguen siendo vistas, hasta hoy en día, como algo parecido a un trágico malentendido.
  1. El establishment francés cree que el enemigo son los pobres, los viejos y los decepcionados
En Francia, ¿quiénes son los que más se quejan de la inmigración musulmana? ¿Los que más sufren del islamismo local? ¿Quiénes más le gusta beber una copa de vino o comer un sándwich de jamón y mantequilla? Los pobres y los viejos que viven cerca de las comunidades musulmanas, porque no tienen dinero para mudarse a otro lugar.
Hoy en día, como resultado, millones de pobres y ancianos en Francia están dispuestos a elegir a Marine Le Pen, presidente del derechista Frente Nacional, como próximo presidente de la República; por la sencilla razón de que el único partido que quiere luchar contra la inmigración ilegal es el Frente Nacional.
Sin embargo, debido a que estos ancianos y pobres franceses quieren votar por el Frente Nacional, se han convertido en el enemigo del establishment francés, de derecha e izquierda. ¿Qué les está diciendo el Frente Nacional a estas personas? "Vamos a restaurar a Francia como nación de los franceses". Y los pobres y los viejos le creen, porque no tienen otra opción.
Del mismo modo, los pobres y los ancianos en Gran Bretaña no tuvieron más remedio que votar por el Brexit. Tomaron la primera herramienta que les dieron para expresar su decepción por vivir en una sociedad que ya no les gusta. No votaron para decir, "maten a estos musulmanes que están transformando mi país, robando mi trabajo y chupando mis impuestos". Ellos sólo están protestando contra una sociedad a la que una élite globalizada había comenzado a transformar sin su consentimiento.
En Francia, las elites globalizadas hicieron una elección. Decidieron que los "malos" votantes en Francia son gente poco racional, demasiado tonta, demasiado racista para ver la belleza de una sociedad abierta a las personas que a menudo no se quieren asimilar, que quieren que usted se asimile a ellos, y que amenazan con matarle si no lo hacen.
Las elites globalizadas hicieron otra elección: tomaron partido en contra de sus propios ancianos y pobres porque esa gente ya no los quieren votar. Las elites globalizadas también optaron por no luchar contra el islamismo, porque los musulmanes votan a nivel mundial a favor de la élite globalizada. Los musulmanes en Europa también ofrecen un gran "zanahoria" para la elite globalizada: votan colectivamente.
En Francia, el 93% de los musulmanes votaron por el actual presidente, François Hollande, en 2012. En Suecia, los socialdemócratas informaron que el 75% de los musulmanes suecos votaron por ellos en las elecciones generales de 2006; y los estudios muestran que el bloque "rojo-verde" consigue un 80-90% de los votos musulmanes.
  1. ¿Es inevitable la guerra civil? ¡Sí!
Si el establishment no quieren ver que la guerra civil ya ha sido declarado primero por los extremistas musulmanes -si ellos no quieren ver que el enemigo no es el Frente Nacional en Francia, la AfD en Alemania, o los Demócratas de Suecia- sino el islamismo en Francia, en Bélgica, en Gran Bretaña, en Suecia; entonces una guerra civil sobrevendrá.
Francia, al igual que Alemania y Suecia, tienen un ejército y una policía lo suficientemente fuertes como para luchar contra un enemigo islamista interno. Pero en primer lugar, tienen que llamarlo por su nombre y tomar medidas en su contra. Si no lo hacen, si dejan a sus ciudadanos nativos en la desesperación, sin otros medios que no sean armarse y tomar represalias. Sí, la guerra civil es inevitable.
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2016.06.07 03:37 ShaunaDorothy Notas críticas sobre la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético (Noviembre de 2015)

https://archive.is/QazK6
Espartaco No. 44 Noviembre de 2015
Notas críticas sobre la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético
Por Joseph Seymour
A continuación publicamos, ligeramente editado, un documento de Joseph Seymour, miembro del Comité Central de la Spartacist League. El documento, fechado el 14 de marzo de 2009, fue una contribución a las discusiones y debates que precedieron a la XIII Conferencia Nacional de la Spartacist League/U.S., sección de la Liga Comunista Internacional (Cuartainternacionalista), ese mismo año y se publicó originalmente en Workers Vanguard No. 949 (1° de enero de 2010).
En el pleno de nuestro Comité Ejecutivo Internacional, celebrado a principios de 2008, hubo una discusión y, creo, diferencias incipientes en torno al contenido del término “muerte del comunismo”, lo cual es clave para entender las condiciones político-ideológicas del mundo postsoviético. En ese entonces, yo argumenté:
“Una cuestión importante al discutir el trabajo en Sudáfrica y México...es si estos países —se ha mencionado a China y Grecia— son una excepción a lo que hemos llamado el ‘retroceso en la conciencia’ y la ideología de la ‘muerte del comunismo’, y en qué sentido lo son. Pero el concepto de excepción implica una norma. Así que, ¿cuál es esa norma? La abrumadora mayoría de nuestra tendencia se ubica en los países capitalistas-imperialistas avanzados de Europa Occidental y Norteamérica... Es aquí donde todos los días, de manera generalizada, encontramos la ideología de la ‘muerte del comunismo’. Y creo que esto ha determinado un cierto entendimiento parcial y deformado de las delineaciones y divisiones políticas radicalmente modificadas en todo el mundo.
“Casi cada vez que usamos el término ‘muerte del comunismo’ lo vinculamos al triunfalismo burgués. No nos referimos al triunfalismo de la burguesía de la India, Egipto o Brasil. Nos referimos al triunfalismo de la burguesía imperialista occidental, principalmente la estadounidense. Pero el escepticismo respecto a la posibilidad de una sociedad comunista internacional futura —y esto es el núcleo de la ‘muerte del comunismo’— en los países del Tercer Mundo no puede identificarse con el triunfalismo y la dominación del imperialismo estadounidense. Más bien, nos encontramos con un ascenso, bastante significativo y con amplias bases de apoyo, de movimientos político-ideológicos que se presentan como oponentes del triunfalismo imperialista estadounidense. El ejemplo más obvio es, claro, el populismo nacionalista latinoamericano ejemplificado por Hugo Chávez. Pero también encontramos el mismo fenómeno en un sentido muy derechista, que es el ascenso del fundamentalismo islámico antioccidental en los países del Medio Oriente. Osama bin Laden, Hugo Chávez, Tony Blair, Bill Clinton: todos ellos representan la ‘muerte del comunismo’ de diversos modos y en diversos contextos nacionales”.
El núcleo de la “muerte del comunismo” es precisamente ése: un escepticismo respecto a la posibilidad de una civilización comunista global en el sentido marxista. Eso es un terreno común básico que comparten diversas tendencias políticas que a veces tienen actitudes fuertemente hostiles al imperialismo occidental, la democracia parlamentaria, la economía capitalista de mercado y otras cuestiones controvertidas (como la degradación ambiental), que separan a la izquierda de la derecha en el sentido convencional de estos términos.
Para asegurarme de que todos tenemos un entendimiento común de los términos, voy a reafirmar brevemente las principales características que tendría una sociedad plenamente comunista a escala global. La escasez económica ha sido superada, por lo que ha podido eliminarse el trabajo asalariado (“de cada cual, según su capacidad; a cada cual, según sus necesidades”). El trabajo enajenado ha sido remplazado por trabajo creativo, científico y cultural (Marx alguna vez usó la composición musical como ejemplo de esto). El estado se ha extinguido de manera que, en palabras de Engels, el gobierno sobre los hombres ha dado paso a la administración de las cosas. Las afiliaciones racial, nacional y étnica han desaparecido mediante una extensa procreación interétnica y la movilidad global (“el género humano es la Internacional”). La familia ha sido remplazada por instituciones colectivas para el trabajo doméstico, la crianza y la socialización de los niños.
La abrumadora mayoría de quienes se consideran izquierdistas y pasan de los 40 o 50 años, consideran que una sociedad futura como la que describí es utópica. La abrumadora mayoría de los izquierdistas más jóvenes, representados, por ejemplo, por el medio de los “foros sociales”, para todo propósito práctico desconocen el concepto marxista de la civilización comunista global y son indiferentes a él. Sus preocupaciones son defensivas y minimalistas: apoyar los derechos democráticos de los pueblos oprimidos (por ejemplo, los palestinos), detener el desmantelamiento del “estado del bienestar” en Europa Occidental o impedir que el medio ambiente se siga degradando (calentamiento global).
Voy a replantear mi argumento haciendo referencia a El estado y la revolución de Lenin. Cuando esta obra se publicó en 1918 y en las décadas subsecuentes, la principal diferencia entre los marxistas revolucionarios y las demás tendencias de izquierda tenía que ver con el tema que se discute en el capítulo I (“La sociedad de clases y el estado”). Ahí, Lenin afirma concisamente:
“La doctrina de Marx y Engels sobre la ineluctabilidad de la revolución violenta se refiere al estado burgués. Éste no puede ser sustituido por el estado proletario (por la dictadura del proletariado) mediante la ‘extinción’, sino sólo, como regla general, mediante la revolución violenta” [énfasis en el original].
En el periodo postsoviético, la diferencia más fundamental entre nosotros y las demás tendencias de la izquierda tiene que ver con el tema que se discute en el capítulo V (“Las bases económicas de la extinción del estado”) y que se explica concisamente en el siguiente pasaje:
“La base económica de la extinción completa del estado significa un desarrollo tan elevado del comunismo que en él desaparece la oposición entre el trabajo intelectual y el manual. En consecuencia, deja de existir una de las fuentes más importantes de la desigualdad social contemporánea, una fuente que en modo alguno puede ser suprimida de golpe por el solo hecho de que los medios de producción pasen a ser propiedad social, por la sola expropiación de los capitalistas.
“Esta expropiación dará la posibilidad de desarrollar las fuerzas productivas en proporciones gigantescas. Y al ver cómo retrasa el capitalismo ya hoy, de modo increíble, este desarrollo y cuánto podríamos avanzar sobre la base de la técnica moderna ya lograda, tenemos derecho a decir con la mayor certidumbre que la expropiación de los capitalistas originará inevitablemente un desarrollo gigantesco de las fuerzas productivas de la sociedad humana” [énfasis en el original].
La generación postsoviética de activistas de izquierda no puede entender fácilmente las ideas expuestas arriba porque no ha pensado en ellas.
El triunfalismo del imperialismo estadounidense no es el problema
Si bien la claridad sobre la cuestión de la “muerte del comunismo” no bastará para resolver nuestros problemas, la continua confusión a este respecto sí contribuirá a agravarlos. El no reconocer la diferencia más fundamental que nos separa del resto de la izquierda —el hecho de que no compartimos un mismo fin último— ha sido un importante factor subyacente en los recurrentes problemas políticos del partido.
Cuando aún era editor de Workers Vanguard, Jan Norden [actualmente del centrista Grupo Internacionalista] consideraba, de manera consciente y sistemática, que la “muerte del comunismo” era principalmente una expresión del triunfalismo del imperialismo estadounidense. De ahí que creyera que el levantamiento zapatista de los empobrecidos campesinos indígenas del sur de México en 1994 sería un poderoso contragolpe que debilitaría, al menos en América Latina, el efecto ideológico de la caída de la Unión Soviética. Desde que Norden desertó de nuestra organización en 1996, ha habido una tendencia en nuestro partido a amalgamar bajo el rubro de “retroceso en la conciencia” (un término que acuñé yo en la lucha contra Norden) el escepticismo respecto a la sociedad comunista futura, el triunfalismo imperialista occidental y el reformismo socialdemócrata tradicional. Algunos camaradas han argumentado que la principal diferencia que nos separa del resto de la izquierda versa sobre si el estado capitalista puede o no reformarse, como si estuviéramos en los tiempos de Lenin contra Kautsky en la secuela inmediata de la Revolución de Octubre.
Una formulación estándar tanto en nuestra literatura pública como en nuestro discurso interno es que el efecto de la “muerte del comunismo” ha sido internacionalmente “desigual”. El término “desigual” implica que el efecto puede medirse cuantitativamente en una escala lineal: muy alto en Estados Unidos y Francia, mucho más bajo en México y Sudáfrica. Como alguna vez fui estudiante de economía académica y después fui maestro, me imagino una gráfica de barras que mide y compara, por ejemplo, la producción nacional per cápita de distintos países. Pero el efecto diferencial que tuvo internacionalmente la “muerte del comunismo” no puede entenderse de ese modo. Lo que encontramos no son distintos niveles, sino distintas formas de la ideología postsoviética.
Tomemos por caso a Rusia. Al explicar el concepto de la “muerte del comunismo”, frecuentemente usamos la formulación de que la antigua Unión Soviética es considerada, en el mejor de los casos, un “experimento fallido”. Eso en general es cierto en Europa Occidental y Norteamérica. No es tan cierto en el Tercer Mundo. Y no es cierto en absoluto en Rusia. Todo lo contrario. El sector políticamente dominante de la nueva clase capitalista rusa, representado por Vladímir Putin, considera que la Unión Soviética fue el más exitoso de los experimentos, por decirlo así, de la construcción estatal centrada en Rusia. En 2005, Putin declaró que el colapso de la Unión Soviética había sido “la mayor catástrofe geopolítica del siglo XX” (citado en Edward Lucas, The New Cold War: Putin’s Russia and the Threat to the West [La nueva Guerra Fría: La Rusia de Putin y la amenaza al Occidente, 2008]). Supongo que en toda la sociedad rusa está extendida una actitud similar respecto a la antigua URSS.
En los últimos años, el régimen de Putin y en general la élite rusa han querido restaurar la reputación histórica de Stalin como el gran líder de una potencia mundial dominada por Rusia en el siglo XX. El embajador ruso en la OTAN adorna su oficina con un retrato de Stalin. Un popular programa de televisión, “El nombre de Rusia”, ubicó a Stalin como uno de los cinco personajes históricos más grandes del país (Economist, 27 de noviembre de 2008). En 2007, una guía educativa de patrocinio oficial, Una historia moderna de Rusia, 1945-2006: Manual para el maestro, comparaba favorablemente a Stalin con Pedro el Grande: “Stalin siguió la lógica de Pedro el Grande: exigir lo imposible...para obtener lo máximo posible”. Luego continúa:
“Él [Stalin] es considerado uno de los líderes más exitosos de la URSS. El territorio del país llegó a los límites del viejo imperio ruso (y en algunas áreas lo sobrepasó). Se consiguió la victoria en una de las mayores guerras; la industrialización de la economía y la revolución cultural se llevaron a cabo con éxito, lo que produjo no sólo educación de masas, sino el mejor sistema educativo del mundo. La URSS llegó a ser uno de los países líderes en ciencias; el desempleo fue prácticamente derrotado”.
—citado en Lucas, The New Cold War
No precisamente la descripción de un “experimento fallido”.
En cierto modo nos es más difícil lidiar con la forma que la “muerte del comunismo” presenta en Rusia que la que tiene en Europa Occidental y Norteamérica. En estas últimas regiones, la antigua Unión Soviética todavía se identifica principalmente con el “socialismo”, no con el “imperialismo ruso”. Stalin se considera un discípulo de Marx y Engels y como tal en general se le condena. En Rusia, Stalin se considera el sucesor de Pedro el Grande y Catalina la Grande, y como tal se le ensalza. Para muchos rusos, el comunismo no ha muerto porque nunca estuvo vivo.
Incluso antes de que la severidad de la actual desaceleración económica mundial se volviera evidente el pasado otoño, el triunfalismo del “libre mercado” había dejado de ser una corriente importante en el clima de la opinión burguesa incluso en Estados Unidos. Hoy, hay voceros prominentes y respetados del capital financiero estadounidense, como el antiguo director de la Reserva Federal, Paul Volcker, que anuncian una desaceleración global profunda y prolongada. Las comparaciones con la Gran Depresión de los años 30 se han vuelto un lugar común. El alcalde tory [conservador] de Londres comentó que en estos días leer el Financial Times de esa ciudad es como frecuentar una secta suicida milenarista. Sin embargo, ninguna opinión burguesa actual se muestra preocupada por la posibilidad de revoluciones socialistas inminentes en ningún lado o la resurrección de partidos comunistas de masas que reivindiquen la tradición marxista-leninista.
De fines y medios: Un recorrido histórico
En la sección titulada “La fase superior de la sociedad comunista” del capítulo V de El estado y la revolución, Lenin escribió:
“Desde el punto de vista burgués, es fácil declarar ‘pura utopía’ semejante régimen social y burlarse diciendo que los socialistas prometen a todos el derecho a recibir de la sociedad, sin el menor control del trabajo realizado por cada ciudadano, la cantidad que deseen de trufas, automóviles, pianos, etc. Con estas burlas siguen saliendo del paso, incluso hoy, la mayoría de los ‘sabios’ burgueses, que demuestran así su ignorancia y su defensa interesada del capitalismo”.
Con el término “sabios burgueses”, Lenin se refería a los intelectuales que apoyaban y justificaban abiertamente el sistema económico capitalista. Lenin no incluía en esta categoría a los voceros ideológicos de la II Internacional (Socialista), como Karl Kautsky, que se consideraba a sí mismo un marxista ortodoxo.
Si para 1917-1918 los líderes del ala derecha de los partidos socialdemócratas de masas (como Friedrich Ebert en Alemania, Albert Thomas en Francia o Emile Vandervelde en Bélgica) seguían creyendo o no subjetivamente en una futura sociedad socialista es un asunto distinto. Lo más probable es que no. Pero ninguno de ellos repudió públicamente la meta tradicional del movimiento socialista como proyecto utópico.
Al principio de la Revolución Alemana, en noviembre de 1918, el centrista Partido Socialdemócrata Independiente puso una serie de condiciones (exigencias) a su participación en un gobierno de coalición con el Partido Socialdemócrata (SPD) sobre la base de los consejos de obreros y soldados que entonces existían. La primera de ellas era: “Alemania debe ser una república socialista”. A eso, la dirección del SPD respondió: “Esta exigencia es la meta de nuestra propia política. Sin embargo es el pueblo quien debe decidir esto a través de la asamblea constituyente” (citado en John Riddell, ed., The German Revolution and the Debate on Soviet Power: Documents, 1918-1919: Preparing the Founding Congress [La Revolución Alemana y el debate sobre el poder soviético: Documentos, 1918-1919: Preparando el congreso de fundación, 1986]). Al atacar la Revolución de Octubre y a la recién nacida Internacional Comunista, los líderes socialdemócratas condenaban principalmente la dictadura del proletariado como una violación de la democracia, que identificaban con un gobierno de tipo parlamentario elegido por sufragio universal e igual.
Aquí es útil revisar el libro Moscú bajo Lenin, unas memorias que escribiera a finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta Alfred Rosmer, colega y amigo de Trotsky. Rosmer había sido anarquista y después uno de los principales intelectuales sindicalistas de Francia, antes de sumarse a la recién fundada Internacional Comunista. En estos recuerdos, Rosmer narra la reacción inicial que provocó El estado y la revolución de Lenin entre los socialdemócratas ortodoxos como Kautsky y Jean Longuet (el nieto de Marx) así como entre los anarquistas:
“Era un libro extraordinario y su destino fue singular: Lenin, marxista y socialdemócrata, era atacado por los teóricos de los partidos socialistas que invocaban el marxismo: ‘¡Eso no es marxismo!’ gritaban, es una mezcla de anarquismo, de blanquismo; ‘de blanquismo a la salsa tártara’, escribía uno de ellos para hacer una frase ingeniosa. Por el contrario, este blanquismo y su salsa eran para los revolucionarios situados fuera del marxismo ortodoxo, sindicalistas y anarquistas, una agradable revelación. Jamás un lenguaje semejante salía de las bocas de los marxistas que ellos conocían”.
Louis-Auguste Blanqui (1805-1881) fue el último de los grandes representantes de la tradición comunista jacobina originada con la Conspiración de los Iguales de Babeuf en los últimos días de la Revolución Francesa. La concepción babeufista del comunismo (desarrollada en una sociedad preindustrial) tenía que ver con la distribución y el consumo más que con la producción y la superación de la escasez económica. Sin embargo, al calificar a Lenin de “blanquista”, Kautsky, Longuet et al. no se referían a ese aspecto de la perspectiva jacobino-comunista. El “blanquismo” de Lenin era para ellos el derrocamiento insurreccional del estado capitalista organizado y dirigido por un partido revolucionario de vanguardia.
Como señala Rosmer, El estado y la revolución fue muy bien recibido entre varios anarquistas y sindicalistas, algunos de los cuales creyeron que Lenin se estaba moviendo del marxismo hacia el campo político de ellos. Sin embargo, los anarquistas más cultivados en cuestiones de doctrina entendieron que, si bien Lenin estaba de acuerdo con la necesidad de un derrocamiento insurreccional del estado burgués, todavía sostenía, e incluso enfatizaba, el programa marxista de la dictadura del proletariado como transición a una sociedad plenamente comunista. A este respecto, Rosmer cita a un anarquista alemán, Erich Mühsam, que, estando preso en 1919, escribió:
“Las tesis teóricas y prácticas de Lenin sobre la realización de la revolución y de las tareas comunistas del proletariado han dado a nuestra acción una nueva base... Ya no hay obstáculos insuperables para la unificación del proletariado revolucionario entero. Los anarquistas comunistas, ciertamente, han tenido que ceder en el punto de desacuerdo más importante entre las dos grandes tendencias del socialismo; han debido renunciar a la actitud negativa de Bakunin ante la dictadura del proletariado y rendirse en este punto a la opinión de Marx”.
Para Mühsam, el “desacuerdo” entre Bakunin y Marx respecto a la dictadura del proletariado tenía que ver con el medio de llegar a un fin último que ambos compartían: una sociedad igualitaria sin clases y sin estado.
Todos sabemos que en una polémica política las ideas y posiciones que no se discuten son, a su modo, tan importantes como las que se discuten. Uno no discute contra posiciones que el oponente no sostiene y especialmente donde hay un terreno común. Por ejemplo, al polemizar contra liberales negros o izquierdistas radicales en Estados Unidos, no refutamos la falsa noción que exponen algunos racistas de derecha de que los negros son “inferiores” a los blancos. En 1918-1920, Lenin y Trotsky escribieron sendos libros polémicos contra Kautsky. En ningún lado de La revolución proletaria y el renegado Kautsky como tampoco en Terrorismo y comunismo se argumenta contra la posición de que la sociedad comunista en el sentido marxista sea algo utópico, pues Kautsky no defendía tal posición.
Adelantémonos hasta finales de los años treinta, cuando el movimiento comunista internacional estaba ya totalmente estalinizado. Consideremos específicamente al joven Maxime Rodinson, un intelectual judío francés que luego se convertiría en un prominente académico de izquierda especializado en el Medio Oriente y la sociedad islámica. En un ensayo de 1981 titulado “Autocrítica”, Rodinson recordó cuál fue el estado de espíritu que lo llevó a ingresar al Partido Comunista Francés en 1937 (al cual abandonó en 1958):
“La adhesión al comunismo implicaba, e implica todavía, comprometerse con una lucha que supuestamente le permitirá a la humanidad realizar un salto esencial y eminentemente benéfico: acabar con un sistema que permanentemente produce pobreza y crimen, que subyuga y condena a millones de personas a lo largo del mundo a una vida atroz o incluso a la muerte. La intención es crear una humanidad liberada en la que todos puedan florecer hasta donde se los permita su potencial, en la que el colectivo de seres libres controle la administración sobre las cosas y establezca el mínimo indispensable de reglas para armonizar las relaciones entre los seres humanos”.
—Cult, Ghetto, and State: The Persistence of the Jewish Question (Culto, gueto y estado: La persistencia de la cuestión judía, 1983)
Como intelectual, Rodinson podía articular las metas liberadoras del marxismo mejor que los muchos millones de obreros jóvenes que ingresaron a los partidos comunistas de Francia e Italia, la India y Vietnam y otros lugares durante la era de Stalin. Sin embargo, muchos de esos obreros —aunque ciertamente no todos— también estaban motivados por una visión del futuro de liberación social multilateral. No consideraban a los partidos comunistas como meras agencias políticas para defender y promover sus intereses económicos o sociales (por ejemplo, nacionales) dentro del sistema capitalista-imperialista existente.
En general, los obreros políticamente avanzados y los intelectuales izquierdistas que apoyaban a los partidos socialdemócratas de masas no compartían la concepción marxista de una sociedad genuinamente comunista. Pero ellos también aspiraban a una sociedad radicalmente diferente y mejor que la presente. En 1961, un intelectual socialdemócrata de izquierda, el británico Ralph Miliband, publicó un libro altamente crítico del Partido Laborista titulado Parliamentary Socialism: A Study of the Politics of Labour [Socialismo parlamentario: Un estudio de la política del laborismo]. El libro apareció en la secuela inmediata de un intento fallido por parte de los líderes del ala derecha del partido por deshacerse de la Cláusula IV de la constitución partidista de 1918. La Cláusula IV en general se consideraba el programa máximo del Partido Laborista: “Asegurar a los trabajadores manuales e intelectuales la plenitud de los frutos de su industria y la más equitativa distribución de todo cuanto sea posible, sobre la base de la propiedad común de los medios de producción, distribución e intercambio”. Al describir la batalla sobre la Cláusula IV que tuvo lugar en 1959-1960, Miliband escribió: “Ante la violenta resistencia [por parte de las bases obreras del partido] que encontró, la propuesta tuvo que abandonarse”. Para los años 80, ya nadie hubiera usado el término “socialismo parlamentario” para encapsular el programa o incluso la doctrina oficial del Partido Laborista británico. Y, en 1995, la Cláusula IV fue suprimida del programa formal del partido en una conferencia especial, pese a la oposición de algunos de los grandes sindicatos.
De principios a mediados de los años 60, hubo en Estados Unidos una radicalización de izquierda entre la juventud estudiantil y algunos intelectuales de mayor edad. Una expresión institucionalizada de esto fue la Conferencia de Académicos Socialistas que se celebraba anualmente en la ciudad de Nueva York. En 1966, los organizadores de la conferencia invitaron al historiador marxista Isaac Deutscher a dar una presentación sobre el “hombre socialista”. En esa época, el carácter cultural y sicológico de una sociedad verdaderamente socialista era un asunto de vivo interés entre los jóvenes intelectuales izquierdistas no sólo en Estados Unidos, sino en todo el mundo. Por ejemplo, a principios de los años 60, el Ché Guevara escribía sobre la eliminación del trabajo enajenado en la Cuba “socialista”. Para un análisis retrospectivo del pensamiento de Guevara a este respecto, ver: “‘Radical Egalitarian’ Stalinism: A Post Mortem” [Estalinismo “igualitario radical”: Un post mortem] en Spartacist [Edición en inglés] No. 25 (verano de 1978). En su presentación sobre el “hombre socialista”, Deutscher tocó diversos puntos en los que la generación postsoviética de activistas de izquierda no está pensando en absoluto.
Huntington contra Fukuyama, otra vez
Empecé a desarrollar mis pensamientos sobre la “muerte del comunismo” y las condiciones ideológicas del mundo postsoviético principalmente durante las discusiones informales que tuve con Norden entre 1991 y su salida de nuestra organización en 1996. Como ya se ha señalado, Norden identificaba la “muerte del comunismo” principalmente como una expresión del triunfalismo imperialista estadounidense. Así, él solía ligar ese término con la fórmula de un “nuevo orden mundial”, que George Bush había proclamado en el momento de la Guerra del Golfo de 1991 contra Irak. Norden creía que el que el cuerpo central de la dirección de nuestra tendencia hubiera reconocido que el carácter del periodo postsoviético estaba marcado por un retroceso histórico en la conciencia de la clase obrera internacionalmente era una capitulación a las presiones del triunfalismo imperialista estadounidense.
La forma en que Norden enfocaba esta cuestión estaba influenciada por las opiniones del intelectual de derecha estadounidense (entonces neoconservador) Francis Fukuyama, que declaró que el colapsó del bloque soviético había marcado “el fin de la historia”. Una versión sobresimplificada de la tesis del “fin de la historia” de Fukuyama llegó a ser muy conocida entre lo que podría llamarse el público educado estadounidense, el tipo de gente que está suscrito al New York Review of Books y ocasionalmente lee el Foreign Affairs. No sé si Norden leyó realmente a Fukuyama. Yo sí lo hice, y también leí a otros ideólogos burgueses de la derecha estadounidense, especialmente a Samuel P. Huntington y Zbigniew Brzezinski, quienes disentían fuertemente de la versión color de rosa que tenía Fukuyama del mundo postsoviético. Estoy volviendo a este debate porque me fue útil para entender la relación entre la “muerte del comunismo” y las diversas corrientes postsoviéticas de la ideología burguesa, especialmente en los países capitalistas occidentales (pero no exclusivamente en ellos).
Fukuyama tomó el término y el concepto de “fin de la historia” del filósofo alemán Georg Hegel. Hegel usó esa expresión para describir las consecuencias histórico-mundiales de la Batalla de Jena de 1806, en la que el ejército de la Francia napoleónica derrotó al reino de Prusia. Tras la batalla, los franceses ocuparon y gobernaron el sur y el oeste de Alemania. Hegel estuvo entre los pocos intelectuales alemanes prominentes que apoyó al régimen napoleónico, al que consideraba históricamente progresivo, y colaboraron con él.
La concepción hegeliana del “fin de la historia” tenía un componente negativo y uno positivo. El componente negativo era que la ideología dominante de la Europa feudal tardía —el absolutismo monárquico sancionado y apoyado por las iglesias cristianas— había perdido su antiguo poder de determinar el curso futuro de la historia. El componente positivo era que los principios liberales de la Revolución Francesa, tal y como Hegel los entendía (y como los representaba Napoleón), habían llegado a ser capaces de conquistarlo todo en el ámbito de las ideas y con el tiempo se establecería a lo largo de Europa un nuevo orden sociopolítico en conformidad con el nuevo Zeitgeist (espíritu de los tiempos).
De igual modo, la versión de Fukuyama del “fin de la historia” tenía componentes negativos y positivos. El componente negativo, desde luego, era la “muerte del comunismo”:
“Si bien todavía hay en el mundo poder comunista, éste ha dejado de reflejar una idea dinámica y atractiva. Quienes se consideran a sí mismos comunistas se ven obligados a librar continuas batallas de retaguardia para preservar algo de su antigua posición y su antiguo poder. Los comunistas se encuentran en la poco envidiable situación de defender un orden social viejo y reaccionario cuya hora ha pasado ya hace mucho, como los monárquicos que lograron llegar al siglo XX”.
—The End of History and the Last Man (El fin de la historia y el último hombre, 1992)
Aquí Fukuyama expresa lo que es una moneda corriente entre todas las tendencias de la ideología burguesa postsoviética.
Eran las conclusiones positivas que sacó del colapso del bloque soviético las que constituían el núcleo de su tesis del “fin de la historia”. Sostenía que los valores socioculturales y las correspondientes instituciones económicas y políticas del mundo capitalista occidental terminarían por imponerse eventualmente a escala global:
“Es en este marco donde el carácter marcadamente mundial de la revolución liberal adquiere una especial significación, puesto que constituye una evidencia más de que está operando un proceso que dicta un patrón evolutivo común para todas las sociedades humanas; en pocas palabras, algo así como una Historia Universal de la Humanidad en dirección a la democracia liberal...
“Y si hemos llegado a un punto en el que se ha vuelto difícil imaginar un mundo sustancialmente distinto al nuestro, en el que el futuro no representa de ninguna manera evidente u obvia una mejoría respecto a nuestro orden actual, luego entonces debe considerarse la posibilidad de que la Historia misma haya llegado a su fin” [énfasis en el original].
La noción de Fukuyama de una “revolución liberal” universalmente triunfante sufrió un denso fuego por parte de algunos voceros intelectuales prominentes del imperialismo estadounidense. Su principal antagonista fue Samuel P. Huntington, que contraponía su propia tesis del “choque de civilizaciones” al “fin de la historia” de Fukuyama. Refiriéndose a este último, Huntington comentó con condescendencia: “El momento de euforia del fin de la Guerra Fría generó una ilusión de armonía, que pronto se reveló como tal” (The Clash of Civilizations and the Remaking of World Order [El choque de civilizaciones y la reconstrucción del orden mundial, 1996]). Sin duda, Huntington concordaba con Fukuyama en que ya nunca podría haber estados poderosos ni un movimiento político internacional con apoyo de masas que afirmara representar una alternativa universal, como el comunismo, al capitalismo tipo occidental y la “democracia”. Pero también sostenía que una buena parte del mundo —y en particular Rusia, el Oriente islámico y China— se vería dominada por gobiernos y movimientos políticos antioccidentales basados en valores y tradiciones nacionales y religioso-culturales:
“En este nuevo mundo, los conflictos más generalizados, importantes y peligrosos no serán entre clases sociales, entre ricos y pobres, ni entre otros campos económicamente definidos, sino entre pueblos provenientes de diferentes entidades culturales...
“La civilización occidental es la más poderosa y seguirá siéndolo durante muchos años. Sin embargo, comparado con el de otras civilizaciones, su poder está declinando. Cuando el Occidente intenta afirmar sus valores y proteger sus intereses, las sociedades no occidentales enfrentan una alternativa. Algunas intentan emularlo o colgarse de él. Otras sociedades confucianas e islámicas intentan expandir su propio poder militar y económico para resistir y ‘contrarrestar’ a Occidente. Un eje central de la política mundial posterior a la Guerra Fría es, pues, la interacción del poder y la cultura occidentales con el poder y la cultura de civilizaciones no occidentales”.
El debate Huntington/Fukuyama subraya la necesidad de que diferenciemos entre la creencia en la “muerte del comunismo”, que es generalizada y sigue siendo actual, y el limitado y efímero triunfalismo imperialista estadounidense en la secuela inmediata de la caída de la Unión Soviética.
Breves conclusiones
Una pregunta importante que enfrentamos puede ser formulada de este modo: ¿es posible que un levantamiento espontáneo, que implique a grandes sectores de la clase obrera, contra un gobierno derechista, pueda llevar a situaciones prerrevolucionarias o incluso revolucionarias (es decir, a órganos de poder dual) aun si la masa de los obreros y los trabajadores en general no aspira al socialismo? Yo creo que sí. Aunque nunca hemos experimentado semejante acontecimiento, no debemos descartarlo. Por ahora, nuestra tarea principal consiste en propagar una visión marxista del mundo con la expectativa de reclutar cantidades relativamente pequeñas de intelectuales izquierdistas y obreros avanzados. Parafraseando a John Maynard Keynes: cuando la realidad cambie, cambiarán nuestras perspectivas.
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